Hace días, mi vida tenía un orden perfecto. Yo sabía cuándo trabajaba, cuándo escribía, cuándo hacía fotografías, cuándo viajaba y hasta a qué hora me ponía la pijama. Había construido una rutina que me daba paz. No porque mi vida fuera aburrida, sino porque esa rutina era mía. La había organizado a mi manera, con mis tiempos, mis silencios y mis pequeñas costumbres.
Y entonces apareció algo que no estaba en el programa. No pidió permiso. Tampoco preguntó si había espacio en mi agenda. Simplemente llegó. Y qué curioso, porque una siempre dice que quiere que le pasen cosas nuevas. Que la vida la sorprenda. Que aparezca algo distinto. Hasta que aparece.. Porque entonces hay que mover piezas. Cambiar horarios. Renunciar a ciertos planes. Hacer espacio donde una pensaba que ya no cabía nada. Y aceptar, además, que la vida tiene la mala costumbre de no consultar nuestro calendario antes de decidir por nosotras.
Estoy emocionada y feliz, pero todavía estoy aprendiendo a manejarlo.. A veces cedo más de la cuenta. Otras veces me aferro a mis rutinas sabiendo que en ellas está buena parte de mi estabilidad emocional. Y la mayoría de los días intento encontrar un punto medio. Uno en el que pueda abrirme a lo nuevo sin sentir que estoy abandonando todo lo que me ha hecho bien.
No quiero perder la paz que tanto me costó construir.. Pero tampoco quiero cerrarle la puerta a algo que pudiera enriquecer mi vida solo porque llegó fuera del horario que yo había previsto. Es parte de ver que continuamos creciendo. Entender que una vida bien organizada no es aquella en la que nada cambia, sino aquella que tiene la flexibilidad suficiente para recibir lo que llega, sin dejar de parecerse a uno mismo.
Brindo con una Coca-Cola®…. sólo por su Slogan que se adapta perfectamente a lo que haré y sugiero hagamos cuando llega lo inesperado: ¨toma lo bueno¨ Salud!




