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La Paz: donde aprendí que para disfrutar la vida es mejor ir despacio

Aunque el destino con el que había soñado durante años era el Salar de Uyuni, no existe una forma de llegar hasta él sin pasar antes por La Paz. Y, ahora que lo pienso, qué bueno que sea así. La Paz, una ciudad inmensa para quienes venimos de República Dominicana, está ubicada a unos 3,650 metros sobre el nivel del mar. Allí entendí que el cuerpo tiene su propio lenguaje y que, cuando la montaña habla, lo más inteligente es escucharla. Aunque la altura me trató muchísimo mejor de lo que imaginaba, tuve que aprender a bajar las revoluciones. Aterrizar y sentir como tu pecho no puede expandirse para respirar y por eso tener que caminar más despacio. Hablar más despacio. Respirar más despacio. En pocas palabras, aceptar que lo mejor es andar en “modo babosa” hasta que tu cuerpo, por sí solo, acepte el cambio.

Y precisamente el tener que desacelerar fue lo que terminó dándome una de las lecciones más bonitas del viaje. Vivimos creyendo que todo tiene que hacerse rápido. Caminamos rápido, comemos rápido, trabajamos rápido, hablamos rápido… y, muchas veces, también vivimos rápido. Pero la altura me obligó a hacer exactamente lo contrario. A bajar el ritmo. A prestar atención. A dar un paso a la vez. Y descubrí algo maravilloso: cuando dejamos de correr, la vida deja de pasar de largo y comienza, por fin, a sentirse. Aunque mi paso por La Paz fue muy corto comparado con los días que viví en Uyuni, hubo algo que terminó haciendo toda la diferencia: A veces creemos que un viaje se mide por los lugares que visitamos. Yo cada vez estoy más convencida de que se mide por la gente que aparece en el camino. En esta ocasión, Germán y Abraham, fueron mis compañeros para intentar conocer lo más posible de La Paz en pocas horas. Dos personas completamente distintas, pero que, sin saberlo, terminaron regalándome una de las experiencias más valiosas de mi paso por Bolivia.

Germán era el conductor que nos acompañó durante buena parte del recorrido. Durante muchos años trabajó en tanatopraxia, una profesión dedicada a preparar con respeto y dignidad a quienes han fallecido para su último adiós. Pensé mucho en eso mientras lo escuchaba. Qué curioso que alguien cuyo trabajo ha estado tan cerca de la muerte pudiera transmitir tanta serenidad, tanta sensibilidad y tanta sabiduría. Y, a su lado, estaba Abraham. Joven, filósofo de profesión y con esa mirada que uno suele describir como la de un alma vieja. Con una paciencia infinita respondió cada una de mis preguntas, compartió conmigo la historia de su ciudad y, a pesar del cansancio que ambos llevábamos encima, hizo todo lo posible para que yo pudiera conocer la esencia de La Paz y no solo sus calles. Al final entendí que no fueron ellos quienes me guiaron por la ciudad. Fueron ellos quienes me enseñaron a mirarla.

Luego de una excelente conversación, un almuerzo inolvidable y de sentir el corazón, el espíritu y hasta la barriga completamente satisfechos, Abraham me comentó muchas cosas interesantes de la ciudad. La Paz, en Bolivia, es la capital más alta del mundo, ubicada en la meseta del Altiplano de los Andes a más de 3,500 m sobre el nivel del mar. Se extiende hasta la ciudad de El Alto en las zonas altas, con el monte nevado Illimani de fondo, con 6,438 m de altura. Se puede acceder al espectacular entorno de la ciudad a través del sistema de teleférico de la ciudad llamado Mi Teleférico, que si mal no recuerdo tiene 14 líneas y otras en proceso. Juntos tomamos algunas rutas para poder fotografiar la ciudad, desde lo alto mientras intentaba conocer la cultura de esa magnifica ciudad y absorber todo lo que Abraham me contaba tratando de no olvidar detalles importantes.

Como hago en cada viaje, quería encontrar una piedra representativa del lugar para algunos regalos. En Bolivia encontré aretitos de Bolivianita, también conocida como ametrino, una gema única que une de forma natural la amatista y el citrino en un mismo cristal. Me pareció el símbolo perfecto de este viaje. Compré algunas, no como un simple recuerdo, sino con la intención de regalar un pedacito de todo lo que Bolivia me enseñó: que nunca pierdan la capacidad de sorprenderse como niñas, que la alegría las encuentre incluso en los días más simples y que el bienestar, la plenitud y la paz siempre las acompañen. Hoy entiendo que regresé de Bolivia con mucho más que fotografías o una piedra preciosa en la mochila. Regresé con el espíritu renovado, el corazón profundamente agradecido y la certeza de que algunos viajes no terminan cuando el avión aterriza. Simplemente comienzan a vivir dentro de nosotros. Porque, al final, más que unas vacaciones, Bolivia fue volver a lo simple, sentir la emoción de ver con mis ojos la primera maravilla de mundo natural, sentirme plena con mi cámara en las manos y por ende lograr una renovación total de mi espíritu.. Brindo por viajes que sorprendan y llenen nuestros corazones…brindo por Bolivia! Salud!

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Uyuni: Un lugar en el que el silencio también habla

¿Te imaginas abrir los ojos y encontrarte, de repente, frente a un espacio infinito? Un lugar donde el blanco absoluto de la sal parece fundirse con el azul intenso del cielo hasta borrar el horizonte. Todo es inmenso. Todo parece eterno. Y entonces sucede algo inesperado: te sientes diminuta. Tan pequeña que, por un instante, desaparecen las preocupaciones y solo queda el asombro. La gratitud. La felicidad de contemplar una belleza tan inmensa y de saber que estás, por fin, en ese lugar con el que soñaste durante tantos años. Fue exactamente en ese instante cuando comprendí por qué tantas personas hablan de la energía del Salar de Uyuni. No sé si es el silencio, la inmensidad o la sensación de estar suspendida entre el cielo y la tierra. Lo único que sé es que ese lugar tiene la extraña capacidad de amplificar las emociones y hacer que el corazón sienta con una intensidad difícil de explicar. Cuando el guía me quitó la venda de los ojos, ocurrió algo que no esperaba. No dije una palabra. Simplemente lloré. No era tristeza. Era esa emoción inmensa que aparece cuando la realidad supera, por mucho, todo lo que habías imaginado. Era la gratitud de sentirme infinitamente pequeña frente a un paisaje infinito. Era la felicidad de saber que, después de tantos años soñando con estar allí, finalmente estaba contemplando uno de los lugares más extraordinarios que han visto mis ojos.

Y entonces pensé que, quizá, mi cuerpo simplemente quiso dejarle al salar un poquito más de sal. Unas cuantas lágrimas saladas como una ofrenda silenciosa a ese lugar mágico. Pero, esta vez, eran lágrimas de felicidad, de asombro, de gratitud y del inmenso privilegio de haber convertido un sueño en realidad. Hay viajes que te regalan fotografías inolvidables. Y hay otros que, además, te regalan una emoción que se queda viviendo dentro de ti para siempre. El Salar de Uyuni hizo ambas cosas conmigo. Quizá por eso la leyenda de la madre Tunupa conmueve tanto. El guía nos la contó allí mismo, en medio de aquel inmenso mar blanco, como si las montañas todavía guardaran la memoria de su historia. Cuenta la tradición que Tunupa, la más hermosa de las diosas, sufrió una traición que le arrebató el amor y a su hijo. Mientras lloraba, sus lágrimas se mezclaron con su leche materna y, juntas, dieron origen al Salar de Uyuni. Es una historia profundamente triste, pero también extraordinariamente hermosa. Mientras la escuchaba, comprendí que aquel paisaje no estaba hecho solo de sal: también estaba hecho de amor, de pérdida, de resiliencia y de memoria. Tal vez por eso, al caminar sobre esa inmensidad blanca, uno siente que puede dejar allí un pedacito de sus propias tristezas. Como si Tunupa siguiera abrazando el dolor de quienes llegan hasta ella para recordar que, incluso de las lágrimas, pueden nacer los paisajes más extraordinarios del mundo.

Si este viaje me dejó una enseñanza que quiero llevarme para siempre, es la importancia de vivir sin expectativas. Y no hablo solo de viajar. Hablo de empezar un nuevo trabajo, una relación, un proyecto, mudarte de ciudad o abrir cualquier capítulo de la vida. Cuando llegamos esperando que todo sea exactamente como lo imaginamos, corremos el riesgo de perder la capacidad de sorprendernos con lo que realmente es. Confieso que Uyuni, como pueblo, es mucho más sencillo de lo que imaginaba. Y precisamente ahí encontré parte de su magia. Me recordó que no hacen falta grandes lujos para vivir una experiencia profundamente feliz. Allí descubrí el privilegio de escuchar el silencio de verdad, de contemplar la Vía Láctea con mis propios ojos y recordar que también somos parte de ella. Vi pasar incontables estrellas fugaces y, por un momento, me sentí tan pequeñita como una de ellas. En esa inmensidad entendí que muchas veces somos nosotros quienes complicamos la felicidad creyendo que siempre necesitamos más, cuando, en realidad, la belleza suele esconderse en la simplicidad.

En el camino encontrarás vicuñas, suris, zorros andinos, aves que llegan desde la costa del Pacífico y las simpáticas vizcachas. Si en algún momento vas, no dejes de subir a la isla Incahuasi, un oasis de cactus gigantes en medio del inmenso mar de sal. Caminar entre esos cactus centenarios es caminar sobre la historia de la Tierra. Y no pude evitar pensar en nuestro Lago Enriquillo y en la Isla Cabritos. Son lugares distintos, pero ambos nos recuerdan que nuestro planeta cambia constantemente y nos deja paisajes capaces de quitarnos el aliento.

Quizás Uyuni fue un lugar similar a nuestro lago, hace muchos siglos atrás. Hoy, cuando cierro los ojos y vuelvo a ese inmenso horizonte blanco, entiendo que Uyuni no solo me regaló fotografías inolvidables. Me regaló una nueva forma de mirar la vida. Me enseñó que la felicidad suele encontrarse en la sencillez, que el asombro sigue siendo una de las sensaciones que más disfruto, y que, cuando dejamos espacio para lo inesperado, el mundo siempre termina sorprendiéndonos. Porque, al final, Uyuni no me enseñó a mirar un paisaje; me enseñó a comprender mi lugar en el universo, que de paso es perfecto. Y por eso y por la felicidad que me ha generado este viaje,…y porque todos podamos tener aventuras parecidas… brindo con una shot de Singani, un destilado de uvas moscatel boliviano…. Salud!